miércoles, 26 de agosto de 2009

¡A TU MANERA NO, A MÍ MANERA SÍ!

¡A Tu Manera No, A Mi Manera Sí!

“Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu”. (Proverbios 16:18)

Creo que en algún momento de nuestras vidas, los que servimos a Dios, hemos escuchado hablar de Saúl por lo menos una vez. Dos de los detalles más relevantes que se pueden mencionar sobre Saúl es su gran estatura y que fue el primer rey que tuvo el pueblo de Israel. Saúl comenzó siendo un rey puesto por Dios. Tenía características físicas y cualidades que podían hacer de él un gran rey y gobernante, más aún, que lo podían hacer un gran hombre de Dios. Pero su éxito dependería de la fidelidad y obediencia a Dios ante todo. El hecho de que supiera seguir instrucciones e hiciera caso a lo que Dios mandaba era fundamental para su victoria o para su fracaso. Saúl necesitaba humildad y mansedumbre.

La soberbia, el orgullo y la altivez de espíritu son cosas que Dios abomina. Dice su palabra que Dios atiende al humilde pero que mira de lejos al altivo. Una de las cosas más difíciles en el mundo es tratar de entablar conversación con personas que creen saberlo todo, personas que nunca aceptan la corrección porque entienden que nunca se equivocan. Yo los llamo “los sabelotodo”. No necesitan ni ir a la escuela porque nacieron enseñados.

Podemos notar a través de la historia de Saúl qué cosas eran más importantes para él. Dónde era que estaban sus deseos y ambiciones personales. Como su falta de honestidad y sinceridad, además de sus envidias, lo condujeron a un desequilibrio total. El orgullo, la codicia y los rencores hicieron de su vida un desastroso desorden. La vida de Saúl estuvo descontrolada en muchos sentidos. Fue manipulado por sus propios sentimientos y esclavo de ellos. Termino siendo desechado por su impulsividad y desobediencia a Dios. Porque cuando un hombre ha conocido a Dios y se aparta de él, su vida se vuelve un desorden y un caos total. Va rumbo al precipicio del desastre.

Podemos ver en el libro de Daniel lo que le paso al rey Nabucodonosor cuando se enalteció y creyó que todo lo que tenía y había logrado era por sus meritos. Por eso me gusta tanto la canción que canta Marcos Yaroide que dice “todo se lo debo a él”. El día en que nosotros pensemos que lo sabemos todo, será el inicio de nuestra autodestrucción. Cuántas veces con amor Dios nos quiere disciplinar o coloca gente clave a nuestro alrededor para que nos demos cuenta de los errores que estamos cometiendo e ignoramos sus señales. Dios nos recuerda a través de su palabra, en el libro de Jeremías que él es el alfarero y que nosotros somos el barro. Él nos da la forma que quiere porque sabe que dándonos esa forma seremos excelentes y tendremos utilidad. Y muchas veces insistimos en queremos ser de esta manera o de la otra, como aquel o aquella. Pero Dios nos ha dado una identidad propia a cada uno de nosotros y es para que seamos diferentes. Cuántas veces Dios intentó trabajar en la vida de Saúl, pero Saúl se ensoberbecía más. Su odio le causaba intranquilidad y temor. No podía disfrutar ni su vida, trono, familiares, amigos y bendiciones que tenía. Porque es que el orgullo provoca efectos negativos que ciegan al que los experimenta y no hace nada para contrarrestarlo.

Dios establece intimidad con aquellos que aceptan la corrección aunque les duela o les moleste al momento. Dios se allega a aquellos que inclinan su rostro y vienen a él con espíritu quebrantado para que él los transforme. Él hace vasijas de honra a aquellos que permiten que su luz se refleje en sus acciones y vivir. Aquellos que reconocen que aunque muchas veces han intentado hacer las cosas a su manera, han cedido para que Dios se glorifique en sus vidas y los transforme. Saúl murió por su propia espada. Su final fue tan triste, pero como nadie es imprescindible, ocuparía la escena un joven lleno de defectos pero que rendía su voluntad, su vida y su todo ante el Dios Soberano. Es el momento de que te plantees qué área de tu vida necesitas mejorar. Qué necesitas rendir ante el Señor y rendirte a él para que seas exaltado.

Autora: Brendaliz Avilés
Para:
http://escritosdelsilencio.blogspot.com/

CIERRA TUS OJOS Y CONFÍA


Cierra Tus Ojos y Confía

“Mas Jehová me ha sido por refugio, Y mi Dios por roca de mi confianza”. Salmos 94:22

Acá en Puerto Rico, hace unos años atrás se presentó un comercial que decía: “Cuando cierras los ojos es porque confías”. Presentaban a una pareja de novios dándose un beso con los ojos cerrados. ¡Qué romántico anuncio! Recuerdo que un día platicando con una amiga hablábamos de lo necesaria que es la confianza en una relación de cualquier índole. Una relación en la que no haya confianza, tarde o temprano fracasará. Es por eso tan importante que tratemos de nunca defraudar ese vínculo que nos une a otras personas, porque cuando una persona pierde la confianza en alguien es muy difícil recuperarla nuevamente.

El diccionario define la palabra confiar de la siguiente manera: “Esperar con seguridad y credulidad que algo suceda o que alguien se comporte como se desea”. Humildemente pienso también, que la confianza es un lazo estrecho que se acrecienta con el tiempo entre personas que se conocen. No confiamos en cualquiera, nos fiamos solamente de aquellas personas que pensamos o creemos que no nos defraudaran. Lamentablemente y a veces, por más precavidos que tratemos de ser pasamos por experiencias que hacen que nos detengamos a considerar si de verdad deberíamos depositar nuestra confianza en X o Y persona. Pero no es menos cierto que existen seres especiales a los que podemos acudir sabiendo que no nos decepcionaran. Porque ellos nos lo han probado con su fidelidad.

Una amiga muy querida, hace unos años, estaba tomando unos cursos para especializarse como maestra de educación especial. Recuerdo sentirla muy asustada porque una de las pruebas finales para pasar el curso, era dejarse guiar por un ciego e ir a caminar ciertos lugares con los ojos vendados. Siguiendo solamente las directrices que ese ciego le daba. Nerviosa y expectante logro vencer el reto. Aquel ciego la dirigió bien porque conocía muy bien toda la ruta. Es que a veces para trascender tenemos que dejar de mirar con nuestros ojos y observar con el alma.

Nosotros muchas veces quisiéramos tomar la iniciativa, hacer las cosas según nuestra manera o punto de vista. Nos gusta dirigir a todo el que podamos, pero no nos gusta muchas veces que nos dirijan a nosotros. Sin embargo Dios te pide que cierres los ojos y deposites tu confianza plenamente en él. Es el momento de que lo dejes actuar, de que dejes de intervenir y dañar lo que está por completarse. Porque cada vez que intentas hacer las cosas a tu manera, retrocedes todo aquello que has avanzado. Y eso retrasa todo lo bueno que estás por recibir. Tu tal vez te encuentres atemorizado porque te sientes en un callejón sin salida. Porque por más que lo intentas no ves una luz al final de tu túnel. Pero Dios no quiere que te dejes dirigir por lo que ves o sientas. Esto es algo que va más allá de las emociones. Es una certeza, es una voluntad que te domina y te impulsa a sentirte seguro entre sus brazos. Ningún pensamiento o persona que quiera robarte la paz, podrán prevalecer porque tú sabes que cuando confías en él es más que suficiente para que todo te salga bien.

Porque Dios tiene el dominio de la naturaleza, el cielo, el mar y todas las cosas. Porque cuando confías es porque sabes que esa persona no te hará daño ni usará nada en tu contra. Sientes esa serenidad y hasta cierto punto protección. Cerrar los ojos es dejarte llevar de la mano por el Señor. Es caminar a su paso, a su velocidad y con firmeza. Es ampararte en su cobertura sabiendo que todo a su tiempo ha de llegar. Es lograr crecer en fe y en experiencia. Cerrar los ojos es creer que Dios obrará y tomará el control de cada asunto de tu vida para lograr que se cumpla su propósito en ti.

Autora: Brendaliz Avilés
Para: http://escritosdelsilencio.blogspot.com/