jueves, 3 de septiembre de 2009

¿IRÁS A DONDE TE ENVÍE, HARÁS LO QUE YO TE MANDE, DIRÁS LO QUE YO QUIERO QUE DIGAS?

¿Irás a donde te envíe, harás lo que yo te mande, dirás lo que quiero que digas?


Muchas veces le decimos a Dios que iremos a donde él nos mandé, que diremos lo que él quiera que digamos y que haremos lo que él quiera que hagamos. Sin embargo, ¿cuántas veces somos probados al tener que demostrarlo y actuamos de forma contraria?

Meditaba por ejemplo en la historia del profeta Jonás. Cuando Dios le da la orden de que vaya y de un mensaje a Nínive, él tenía sus razones muy personales para no querer ir. Poseía desde el plano histórico y cultural buenos argumentos para tratar de convencer a Dios de que no lo enviara allá. Pero la mente de Dios es demasiado diferente a la nuestra. Jonás trató por sus propios medios de escapar a Tarsis. Pero cuando Dios dispone a alguien para que cumpla con una misión o mandato, es mejor responder, porque nadie se le escapa. Podrá el hombre hacer miles de intentos por desviarse o ignorar lo que tiene que hacer. Hasta que cansado por querer hacer las cosas a su manera, termine rendido y postrado a sus pies.

Saulo estaba muy concentrado y enfocado en realizar sus propios planes. Creía que sus ideales eran correctos y su lucha necesaria y justa. Hasta que un día de camino hacia Damasco se encontró con el Dios que lo había creado y diseñado para hacer de él un instrumento útil, especial y un canal de bendición. Pablo tuvo una transformación tan profunda y real que ya no volvió a ser el de antes, hasta su nombre fue cambiado. Es que cuando Dios nos impacta, nuestra manera de pensar es reformada, somos instruidos y atraídos hacia su voluntad. Nuestra conducta es modificada a través del poder de su amor y su corrección.

Pedro con toda buena intención quiso defender a Jesús. Un momento de desesperación y angustia le hizo perder su autocontrol. Él quiso tomar la justicia en sus manos. Es entonces cuando vemos el cuadro del impulsivo Pedro cortando la oreja del soldado Marco. Tanto tiempo con el Maestro no le bastó para entender que aquellos momentos dolorosos y difíciles eran necesarios para que se cumpliera el plan redentor de Jesucristo en la cruz. “Yo nunca te negaré”- le había dicho a su amigo Jesús. Sin embargo, aturdido y temiendo por su vida, negó al Señor no sólo una vez, sino tres. Es que en ocasiones actuamos de forma tan contradictoria que hasta nosotros mismos nos sorprendemos. No logramos entender por qué si queremos actuar de una manera, actuamos de la otra.

Pablo decía que el espíritu estaba presto y dispuesto, más la carne no y a toda costa quería impedir la búsqueda de las cosas espirituales. Tenemos una lucha continua que enfrentar entre los deseos de la carne y los deseos del espíritu. No nos podemos rendir por más difícil que nos parezca la lucha. La Biblia dice en Eclesiastés 5:4-6, “Cuando a Dios haces promesa, no tardes en cumplirla; porque él no se complace en los insensatos. Cumple lo que prometes. Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas. No dejes que tu boca te haga pecar, ni digas delante del ángel, que fue ignorancia. ¿Por qué harás que Dios se enoje a causa de tu voz, y que destruya la obra de tus manos?”.

Siempre he considerado que nuestra palabra como creyentes y como personas con dignidad e integridad tiene que ser vertical y fiel. Debemos cumplir con nuestros compromisos y con nuestra palabra. Y si cumplimos con nuestros compromisos y deberes sociales, familiares y terrenales, ¡cuánto más tenemos que ser fieles en cumplir lo que a Dios prometemos que ha sido tan bueno con nosotros! A ese que nos hace tanto bien y nunca se ha apartado de nosotros. A Dios que nos ha acompañado en buenas y malas.

Hoy la invitación y el llamado es para que actúes con lealtad y a ejerzas aquello que has prometido con prontitud y diligencia. Verás que tu vida será llena de bendición que viene de lo alto. Me parece escuchar las siguientes palabras, si somos fieles, que un día Dios nos dirá: “buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor”.

Autora: Brendaliz Avilés