domingo, 28 de febrero de 2010

CON EL CORAZÓN A PUNTO DE REVENTAR

Con el Corazón a Punto de Reventar

“…Porque estoy lleno de palabras, y me apremia el espíritu dentro de mí. De cierto mi corazón está como el vino que no tiene respiradero, y se rompe como odres nuevos. Hablaré, pues, y respiraré; abriré mis labios, y responderé”. (Job 32:18-20 Reina Valera).

“…Porque estoy lleno de palabras, pues fue derramado el Espíritu en mis entrañas. He aquí que mis entrañas están adoloridas, y no han sido abiertas; van a reventar como fruto del mes. Hablaré, y Él me dará alivio; abriré mis labios y responderé”. (Job 32:18-20 Biblia Peshitta).

“…Palabras no me faltan; el espíritu que hay en mí me obliga a hablar. Estoy como vino embotellado, como vino en odre nuevo a punto de estallar. Tengo que hablar y desahogarme; tengo que abrir la boca y dar respuesta”. (Job 32:18-20 Biblia Nueva Versión Internacional”).

Hablar de la vida de Job, es hablar de un hombre que realmente enfrentó pruebas muy dolorosas, grandes pérdidas y mucho dolor físico, emocional y espiritual. Job fue un hombre que fue expuesto y probado como el oro. Me atrevo a decir que sentía un dolor inmenso en su corazón pese a su fe en Dios. Fue una agonía tan grande la que vivió que me parece que en ocasiones sentía que su pecho estaba a punto reventar.

Pero en esta ocasión utilizaré estas palabras con las que Eliú desarrolla su primer discurso ante Job y sus tres amigos. Eliú era el más joven del grupo, por lo que actúo con respeto y esperando escuchar palabras de sabiduría de Job y sus amigos ante la prueba que Job estaba atravesando. Muchas veces por más que lo intentemos y queramos, no comprendemos ni tenemos las razones que explican el por qué hay tanto sufrimiento, sobretodo muchas veces a personas que son buenas y nos parecen justas.

Eliú fue este hombre que se atrevió a declarar y hasta cierto punto llevar a capítulo a Job y sus amigos. Registra la Biblia que él se llenó de enojo al ver que Job se justificaba y no a Dios ante sus amigos. Pero mucho más se enojó al ver que los tres amigos de Job no habían logrado refutar el punto de Job y sin embargo se habían atrevido a condenarlo y todavía más aún que ya no encontraban qué decirle a Job.

La forma en que analizamos cómo habló y actuó Eliú nos hace percatarnos que era un hombre lleno del Espíritu de Dios. Que tenía visión para ver más allá y una firme convicción de que aunque ellos no entendieran, Dios perseguía un propósito superior haciendo sufrir a Job. Les trata de mostrar que la intención de Dios no era castigarlo, sino que se atrevió ha afirmar y confesar que Dios era mayor que el ser humano y que por lo tanto, nadie tiene ni tenía el derecho de pedirle explicaciones por las cosas que ocurren. Porque aunque muchas de las cosas que Dios hace o permite que sucedan son incomprensibles, podemos escucharlo, si prestamos atención a su voz.

Eliú se sentía con el corazón a punto de explotar, quería estallar intentando que Job y sus amigos se dieran cuenta de lo equivocados que estaban en ese momento y tratando de que vieran la situación desde otro ángulo. Él intentaba que observaran un panorama diferente en medio de aquel caos, quería que ellos pudieran apreciar la justicia de Dios y que Job no endureciera su corazón ante el consejo y la disciplina divina. Me parece que así como Jeremías, Eliú sentía arder una llama dentro de su corazón y más aún sentía el Espíritu de Dios hablándole a su corazón, mostrándole y enseñándole. Entonces toma ese coraje, esa autoridad y la canaliza de manera positiva. Él tenía que hablar palabras provenientes de aquella sabiduría celestial que el Espíritu Santo le estaba dando en ese momento, donde Dios lo estaba utilizando para hacerles entender a Job y a sus amigos, que aunque Job estuviera pasando por pruebas en el presente que al parecer no tenían lógica, iba a ser mayor el grado de recompensa si le era fiel a Dios y miraba las cosas no desde el plano de victima ni autoconmiseración, sino enfrentándolas.

Y nosotros como hijos de Dios, estamos llamados a no quedarnos callados aunque el mundo no nos comprenda y muchas veces nos llamen fanáticos. Tenemos que seguir proclamando que Cristo fue, es y seguirá siendo la mejor alternativa siempre. Necesitamos que esa pasión e inteligencia que provienen solamente de Dios y que le es otorgada a aquellos que realmente quieren buscarle y hacer la diferencia en medio del mundo en que viven. Necesitamos esa pasión, convicción, firmeza y seguridad que tal como a Eliú le hacían pensar, saber y confesar que tras la prueba había un propósito grandioso de Dios. Necesitamos tener y provocar ese impacto que hace que las personas puedan escucharnos y entender que hay un Dios capaz de cambiar cualquier situación por más difícil e imposible que parezca. Nuestras voces deben de ser un llamado a la conciencia de aquellos corazones endurecidos por el sufrimiento y las decepciones de la vida. Deben de tener esa convicción y calidez que puede ayudar a nuestros hermanos en la fe, amigos y familiares a ver una luz más allá de ese túnel que se ve y está muy oscuro.

Como dice Marcos Witt es una sus canciones: “si no lo hago yo entonces, ¿quién lo hará? Si no me levanto yo, ¿quién se levantará? Si no me atrevo a hablar, nunca conocerán que hay algo mejor. Si no lo hago entonces, ¿quién lo hará?” Cuando nos paramos en la brecha, cuando nos determinamos a ser un canal de bendición, cuando queremos ser esa sal y esa luz que alumbra aún en medio de las tinieblas, ¡no nos podemos callar! No podemos silenciar nuestras conciencias, el Espíritu Santo predomina y reina sobre nuestras vidas. Entonces no nos dejamos intimidar ni amedrentar por las fuerzas del mal, ni por teorías, ni por circunstancias, porque sabemos que mayor es el que está con nosotros que el que está en el mundo. Debemos entonces como Eliú, escuchar, guardar silencio, analizar, pensar, dejar que el Espíritu de Dios ministré nuestras vidas y bajo Su dirección y cobertura, entonces, armarnos de valor sin importar la edad ni la posición de la persona y hablar. Pero no hablar cualquier cosa, sino hablar el lenguaje espiritual y de fe, ese que proclama la soberanía y grandeza de nuestro Señor. Y una vez que abramos nuestra boca, nuestras palabras tienen que ser vivas, eficaces, ungidas, impactantes y poderosas no solo en el reino espiritual, si no también en el mundo físico.

Hoy más que nunca necesitamos personas como Eliú, que posean el carácter de Dios y su autoridad. Que se atrevan a declarar y corregir aquello que está mal. Que se vistan con la armadura de Dios y hagan proezas en Su nombre. ¡Amén!


Autora: Brendaliz Avilés


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