lunes, 6 de septiembre de 2010

Quince Minutos en Compañía de Jesús

Queridos Suscriptores:
¡Dios les Bendiga! El día de hoy a petición de amiga María Florencia de Argentina quiero compartir con ustedes una reflexión muy hermosa que ella encontró en algún periódico. Espero que traiga mucha bendición a su vida. Desconozco el Autor, pero lo más importante es que Dios quiere ministrarte y bendecir tu vida. ¡Hacia adelante!

Quince minutos en compañía de Jesús

Hijo mío, no es preciso saber mucho para agradarme mucho, basta que me ames de verdad, con fervor. Háblame sencillamente, como hablarías al más íntimo de tus amigos, como hablarías con tu mamá o con tu hermano. ¿Necesitas hacerme una súplica cualquiera en favor de alguien? Dime su nombre, bien sea el de tus padres, bien sea el de tus hijos, bien sea el de tu esposo/a, bien el de tus hermanos, o amigos o conocidos; dime enseguida qué quisieras que yo hiciese actualmente por ellos…


Pide mucho, mucho; no vaciles en pedir. Me gustan los corazones generosos que llegan a olvidarse en cierto modo de sí mismos para atender las necesidades ajenas.
Háblame con sencillez, con humildad de los pobres a quienes quisieras consolar, de los enfermos a quienes ves padecer y quieres hacer algo por ellos, de los extraviados que anhelas volver al buen camino, de los amigos ausentes que quisieras volver a ver otra vez a tu lado. Dime por todos ellos una palabra de amigo, palabra entrañable y fervorosa. Recuérdame que he prometido escuchar toda súplica que salga del corazón, y… ¿no ha de salir del corazón el ruego que me diriges por los seres queridos que tu corazón más ama?

Y para ti, ¿no necesitas alguna gracia? Házme, si quieres, una lista de tus necesidades, y ven, léela en mi presencia. Dime francamente que sientes soberbia, orgulloso, apego a la sensualidad y al regalo; que eres tal vez egoísta, inconstante, negligente, esclavo de la moda, envidioso, interesado, pesimista, falto de fe y esperanza, perezoso, mentiroso, celoso, malo, mediocre, indeciso, malintencionado, amarrete, mezquino, tibio, autosuficiente, intolerante, incomprensivo, despreciativo, apegado al dinero y a los honores, escalador, simulador, vicioso…y pídeme luego que venga Yo en ayuda de los esfuerzos pocos o muchos que haces vos para sacudir de encima tuyo tales miserias.
No te avergüences ¡En el Cielo hay tantos y tantos justos, tantos y tantos Santos de primer orden que tuvieron esos mismos defectos! Rogaron con humildad…, y poco a poco se vieron libres de sus defectos.

Tampoco vaciles en pedirme bienes del cuerpo y del entendimiento: salud, memoria, perseverancia, éxito feliz en tus trabajos, negocios o estudios… Todo eso puedo darte, y lo doy, y deseo que me lo pidas en cuanto no se oponga, antes favorezca y ayude, a tu santificación. Hoy por hoy, ¿qué necesitas? ¿Qué puedo hacer por tu bien? ¡Si conocieses los deseos que tengo de favorecerte!

¿Traes ahora mismo entre tus manos algún proyecto? Cuéntemelo minuciosamente. ¿Qué te preocupa? ¿Qué piensas? ¿Qué deseas? ¿Qué puedo hacer por tus padres, por tus hijos, por tu hermano/a, por tu amigo/a, por tu compañero/a, por tu superior? ¿Qué desearías vos hacer por ellos? Y por Mí, ¿no sientes deseo de mi gloria? ¿No quisieras poder hacer algún bien a tu prójimo, a tus amigos, a tus familiares, a quienes amas mucho y que quizás viven olvidados de Mí?
Dime qué cosa llama hoy particularmente tu atención, qué anhelas más vivamente y con qué medios cuentas para conseguirlo. Dime si te salen mal tus proyectos y Yo te diré las causas del fracaso. ¿No quisieras que me interesase en tu favor por tus cosas?
Soy, hijo mío, dueño de los corazones, y los llevo dulcemente, sin perjuicio de su libertad, a donde sea mejor para ellos. ¿Sientes acaso tristeza o mal humor? Cuéntame, cuéntame tus tristezas con todos sus pormenores. ¿Quién te hirió? ¿Quién lastimó tu amor propio? ¿Quién te ha menospreciado?
Acércate a mi corazón que tiene bálsamo eficaz para todas las heridas del tuyo. Cuéntamelo, y acabarás en breve por decirme que, a semejanza de Mi, todo lo perdonas, todo lo olvidas, y en pago recibirás mi consoladora bendición.
¿Acaso sientes miedo? ¿Sientes en tu alma aquellas melancolías que no por ser injustificadas dejan de ser muy desgarradoras? Échate en brazos de mi Providencia. Contigo estoy. Aquí a tu lado me tienes; todo lo veo, todo lo oigo; ni un momento te desamparo.

¿Sientes que te dejan de lado personas que antes te quisieron bien y ahora olvidadas se alejan de ti, sin que les hayas dado el menor motivo? Ruega, ruega por ellas, y Yo las devolveré a tu lado, si no han de ser obstáculo a tu santificación.
¿No tienes tal vez alguna alegría que comunicarme? ¿Por qué no me haces partícipe de ella a fuerza de amigo tuyo que soy? Cuéntame lo que desde ayer, desde la última visita que me hiciste, ha consolado y hecho como sonreír tu corazón. Quizás has tenido agradables sorpresas, quizás has visto disipados negros recelos, quizás has recibido una feliz noticia, alguna carta con noticias felices, unas muestras de cariño; has vencido alguna dificultad o salido felizmente de algún trance que te tenía preocupado… Obra mía es todo esto, y Yo te lo he proporcionado, ¿por qué no has de manifestarme por ello tu gratitud? y decirme sencillamente como un hijo a su padre: ¡Gracias, Padre mío, Gracias! El agradecimiento trae consigo nuevos beneficios, porque al Bienhechor le agrada verse correspondido.
¿Tampoco tienes promesa alguna de hacerme? Leo, ya lo sabes, en el fondo de tu corazón. A los hombres se los engaña fácilmente, a Dios no. Háblame entonces con toda sinceridad. ¿Te has propuesto firmemente no exponerte más a aquella ocasión de pecado?, ¿de privarte de aquel objeto que te dañó? ¿De no leer más aquel libro que exaltó tu imaginación?, ¿de no ver más películas y fotos que exacerban tu imaginación?, ¿de no tratar más a aquella persona que turbó la paz de tu alma?, ¿volverás a ser dulce, amable y condescendiente con aquella otra persona a quien por haberte faltado has mirado hasta hoy como enemiga?...
Ahora bien, hijo mío; vuelve a tus ocupaciones habituales; al taller, a la oficina, al estudio, al consultorio, a tu casa con tu familia…; pero no olvides los quince minutos de grata conversación que hemos tenido aquí los dos.
Guarda en lo que puedas silencio, modestia, recogimiento, resignación, caridad con el prójimo. Vuelve otra vez mañana con el corazón más amoroso todavía, más entregado a mi servicio; en Mi corazón encontrarás cada día nuevo amor, nuevos beneficios, nuevos consuelos.

Te ama,
Tu padre Celestial.

Desconozco el Autor