viernes, 7 de noviembre de 2014

SOLTANDO MANOS



SOLTANDO MANOS

Pero aunque yo intenté sujetar esas manos con fuerza, ellas se soltaron de mí de forma natural.  No se aferraron a las mías, porque pertenecían a  las de alguien más.  Y qué podía hacer yo, si ese corazón y esas manos no querían aferrarse a mí.  Yo no podía anteponer mis deseos egoístamente, tan solo porque yo era quien más le amaba.  El amor no puede ser un mendigo que recorre las calles suplicando pan y misericordia.  Y el hecho de yo amarle no me daba el derecho de ser correspondida.  Porque para amar se requiere de dos personas, dos almas, dos corazones, dos vidas.  Ejercer presión, intentar obligar, de nada sirve.  No se puede intentar ajustar una pieza a algo que no le pertenece.  Tampoco podía intentar actuar de esa forma en que crees por momentos que si te aferras a ese amor, eres persistente y sigues intentando estar para esa persona, entonces como respuesta, esa persona abrirá su corazón para ti.  ¡No es tan fácil a veces el amor!  Tiene sus curvas, sus pliegues, sus detalles, sus barrancos, sus finales tristes.  El amor tiene su fragilidad, sus puntos vulnerables, sus días de querer huir, aislarse, desaparecer  y marchitarse.  No existe píldora ni fórmula mágica para curar el desamor.  Por eso, ese momento en que soltaste mi mano para tomar la de la persona que realmente amabas, lo guardé en mi corazón como una triste pero valiosa memoria.  Esa noche, me permití dolorosa pero calmadamente decirte adiós para siempre y esperar a que llegaran unas manos que sí quisieran sujetar las mías.

Autora: Brendaliz Avilés                            

Escrito el 7 de noviembre de 2014.